lunes, 3 de diciembre de 2012

EL GALLO DE TUMBEZ

En 1531 Bartolomé Ruiz de Estrada conduciendo a una treintena de aventureros y a Francisco Pizarro arribó por segunda vez a las costas ecuatorianas, a la altura de la hoy provincia de Esmeraldas, cuya comarca desconocía por completo y donde pensaban que podía comenzar el fabuloso reino del Birú (Perú). (1).
Pizarro largamente había anhelado su conquista, hallábase impaciente y dispuesto a correr los peligros que muchos le habían anunciado. Lejos estaban los dolorosos padecimientos sufridos en las islas del Gallo y la Gorgona, cuando abandonado por todos languideció largos meses, sufriendo las inclemencias del tiempo, la sed y el hambre.

Ruiz era Piloto Mayor y experto en toda clase de navegaciones, en ocasión anterior había explorado hasta las costas del golfo de Guayaquil donde descubrió la isla de Santa Clara o el Muerto, avistando una pequeña población de pescadores costeros y un primitivo templo construido de piedras grandes y superpuestas y decorado con figuritas de metal en su exterior, que representaban diversas partes del cuerpo: Los españoles imaginaron que se trataría de un templo usado en ciertas épocas del año para realizar sacrificios a las deidades de la medicina. Dicho templo había sido abandonado cuando llegaron los españoles, que lo despojaron de sus adornos metálicos.

Sin embargo, por algunos indios que pudieron ser sorprendidos, los españoles conocieron que la isla grande o Puna estaba habitada por gente animosa, que se apreciaba de tener un origen distinto a los demás pueblos, que eran sobrevivientes de una cultura que floreció siglos atrás en la costa peruana y que hoy se conoce como Chimú y que en el siglo XIII habían sido conquistadores aplastados por los Incas, pero los de Puna seguían 

(1) La primera venida de Bartolomé Ruiz fue en 1.526

independientes a pesar de las numerosas expediciones que el Inca mandaba desde las costas de Túmbez. Así es que Pizarro sabía a lo que se exponía en este viaje y tuvo la suerte de apresar a varias canoas de guerreros tumbecinos que iban a combatir a Puna, enterándose que en el Birú se gastaba mucho lujo y boato, eran cultos y limpios, pues sus prisioneros estaban debidamente presentados y revelaban un gran adelanto cultural como jamás se había hallado en los indios de Centroamérica.

Pizarro tenía muchas virtudes y una de ellas era la perspicacia, de donde se le ocurrió hacerse “amicísimo” de los presos y con ellos siguió a Túmbez, donde se deslumbró ante la magnificencia de la primera ciudad incásica que visitaba, viendo un enorme edificio llamado "Pucará" y numerosas torres y terrazas de abundante verdor y hasta lujuriosa vegetación tropical, que daba el aspecto de un misterioso esplendor a la ínclita Túmbez.

Las gentes eran cariñosas y curiosas al máximo, conduciéndole en son de fiesta a donde estaba el "Pacha Curaca" quien atendía a uno de los Orejones de la corte y entre ambos se interesaron muchísimo de conocer lo más que podían a los extranjeros, preguntándoles sobre el futuro y las razones de tan largo y peligroso viaje. Muy bien se notaba que el orejón quería informar al Inca con lujo de detalles y por eso Pizarro contestaba con cortesía e inteligencia, diciendo que era un viajero de paz y orden, para encantar a su interlocutor.

Los tres tumbecinos, que Ruiz había capturado en su primer viaje, ya conocían el español y le sirvieron de intérpretes. Uno de ellos se hizo famoso con el apodo de Felipillo. Pizarro obsequió ''valiosos presentes" consistentes en varias sartas de cuentas de cristal y una hacha de hierro, que fue la comidilla de la población y al final llegó a manos de Atahualpa.

Al día siguiente subió el orejón al barco y lo hizo resplandeciente de gemas, seguido de un brillante cortejo de dignatarios menores que miraban a diestras y siniestras, tratando de captar hasta el último detalle de la rara nave que pisaban. Numerosos presentes fueron llevados a bordo, consistentes en frutas y legumbres de la región. Pizarro volvió a obsequiar al Curaca con un cerdo, dos gallinas y un gallo, que al ser conducido al palacio tuvo la ocurrencia de salir cantando y espantó a la multitud con algunos bien sonados quiquiriquíes, que produjeron gran confusión y una desbandada en medio de terrores y pisotones; pero Pizarro no perdía su tiempo en zalemas diplomáticas con el Curaca y el Orejón, también aprovechaba para espiar por la ciudad averiguando noticias del Birú y a fe que mucho aprendió del Inca, su capital llena de palacios y templos revestidos de planchas de oro y plata, las ofrendas de piedras preciosas y el sistema de su gobierno, pero lo que más le llamó la atención fue el respetuoso trato que le profesaban al Inca y a la nobleza con que se expresaban de los Chimúes, al punto que Pizarro decidió seguir hacia Chincha, pues en aquellos tiempos parecía que la “unificación incásica, basada en el despotismo, era la novedad” y la "tradición en cierta forma de bárbara libertad y menor servidumbre era la herencia antigua" que aún se admiraba en los Chimúes.

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