miércoles, 12 de diciembre de 2012

GUERRAS CIVILES


A la muerte de Wayna Kapak su hijo Atahualpa envió al Cacique Kilako a su hermano Waskar y mientras estaba la embajada quiteña en el Cusco coincidió que Waskar recibió la visita de los dos soldados españoles que se habían quedado en Tumbes en 1527, encantados con los goces camales de las mujeres de esa región, que se les brindaban incansablemente.

Y parece que Waskar se entendió con los dos españoles que muy ladinamente le aseguraron que eran los Wirakochas anunciados en las profecías y que lo ayudarían en todo; lo cierto es que fortalecido por esta promesa Waskar despidió con cajas destempladas a los embajadores de su hermano e inició la guerra civil. Además, el chismoso de Urco Kolla, Cacique de los Cañaris, que lo tenía al tanto de los preparativos bélicos de Atahualpa, le había manifestado que éste recibía honores de Inca y hasta usaba las andas de oro de su padre Wayna Kapak que aun permanecían en Tomebamba.

Así pues, por chismes y torpes promesas, Waskar abrió operaciones enviando a su general Atok, nombre que significa “El zorro", para que aliado con los cañaris enfrentara a los quiteños. El primer encuentro se dio en las llanuras de Tomebamba y fue tan completa la victoria de Atok que apresó a Atahualpa y lo encerró en esa fortaleza con sus generales Kiskis, Rumiñawi y Calkuchimak; sin embargo, pocos días después, lograron escapar, según dice la leyenda, convertidos en serpientes.

Reorganizado Atahualpa, venció en Ambato a Atok, a quien mandó decapitar, cometiendo la crueldad de asesinar a casi todos los Kañaris arrancando sus corazones y sembrándoles en tierra dizque para ver qué frutos daba corazones de traidores. Esta ferocidad después la repetirá en el Cusco con los miembros de las panakas o familias imperiales, de tal suerte que a la llegada de los españoles a la capital del Imperio, casi no quedaban Incas en el Perú. Mientras tanto el General Wanka Auki había reemplazado a Atok pero también fue derrotado en varios sitios trasladando las operaciones militares a la provincia peruana de Huari donde Kiskis inmoló a miles de soldados vencidos convirtiendo la guerra en una carnicería. Después se enfrentaron kiteños y cuskeños en Jauja y muriendo casi 140.000 hombres quedando la región de Mantaro en poder de Atahualpa, mientras que las "fuerzas pizarristas desembarcadas en Túmbez, seguían la ruta de los ríos y con fingida hipocresía, prometiendo ayudar a ambos bandos, fueron adentrándose en el Imperio."

Waskar les envió una comitiva a recibirlos en Tangarara (hoy Piura) donde se celebró el primer encuentro formal entre indios y españoles. El General Waman Malki Topa solicitó a Pizarro toda ayuda contra los usurpadores y éste le contestó que se dirigía al Cusco para deshacer agravios.

En esas estaban cuando los últimos orejones fieles de Waskar se retiraron ordenadamente a Tawaray. Allí se les unió Waskar, que al fin había comprendido la gravedad de su situación y alentados con el Inca, los orejones dieron un movimiento envolvente y lograron incendiar los pajonales de Cotabamba, en la margen izquierda del río Apurimac, derrotando a un ala del ejército quiteño; pero ya toda resistencia era imposible porque la otra ala se había dirigido al Cusco a marcha forzada y pusieron sitio a la capital. Entonces Waskar retrocedió y los enfrentó en el sitio de Kipaypan, siendo derrotado y tomado prisionero con sus principales, allí los generales Kiskis y Kalkuchimak cometieron la villanía de afrentar a Waskar ordenándole que marchara a pie hacia Cajamarca, donde estaba Atahualpa reponiéndose de una herida en la pierna. Waskar marchó semidesnudo, descalzo, con las manos atadas a la espalda y para colmo de sadismo se le había perforado las clavículas y pasado con sogas lo jalaban de ellas provocándole dolores terribles, fiebre e infección, pero así eran de bárbaros aquellos tiempos y a la vida humana no se le daba la importancia que tiene ahora.

Entonces ocurrió la sorpresa española de Cajamarca y la prisión de Atahualpa; quien, para librarse de tal situación, ofreció un cuarto lleno de oro hasta la altura de la mano levantada de un hombre de pie. Pizarro aceptó tan tremendo regalo que superaba sus más caras expectativas y ordenó a Pedro de Moguer, Martín Bueno y José de Zarate que se adelantaran al Cusco con los comisionados de Atahualpa, para que ayudaran a sacar las planchas de oro y plata de los templos y se cumpliera la promesa efectuada. En el camino se encontraron estos comisionados con los generales Kiskis y Kalkuchimak que traían a Waskar prisionero y le sacaron las sogas, pero sabedor Atahualpa de este encuentro, ordenó secretamente que mataran a Waskar, por el temor que tenía de un pacto de él con los españoles y así se cumplió, ignorándose el sitio exacto del crímen, que fue por asfixia.

El resto de la historia es conocida, Atahualpa fue juzgado por un consejo de españoles y condenado a muerte. Enseguida los españoles llegaron al Cusco tomándola sin resistencia y con el general beneplácito de los pocos Incas que aún quedaban después de la matanza general que hiciera de ellos Kalkuchimak.

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